El origen de San Juan de la Peña.


Don Juan de Atarés era un caballero cristiano de noble familia que vivía en Atarés. Un día, a fines del siglo VII, sin más motivo que una enorme vocación religiosa, decidió renunciar a sus cuantiosos bienes, cambiar sus galas de caballero por el humilde sayal de penitente y abandonar su palacio solariego por una incómoda cueva del Monte Pano, en la Sierra de San Juan, cerca de Jaca.
Había construído una cruz de madera y ante ella se pasaba horas y horas orando.
Un día le sorprendió el ruido de pasos de alguien que entraba en la cueva, y al volver la cabeza se quedó asombrado al ver a un caballero, ricamente vestido, que con un ademán muy amable le dijo:
-¡Pobre don Juan! Tira esos harapos, vuelve a vestir de púrpura y oro, como te corresponde, sígueme y te mostraré el destino que te aguarda.
El caballero, que era el propio Lucifer, cogió del brazo al penitente, y éste se dejó llevar hasta el exterior de la cueva. De pronto se oyó un estruendo como el de un terremoto, las piedras de la montaña comenzaron a moverse y ellas solas formaron columnas, capiteles, arcos, bóvedas, muros y pavimentos, en tal forma que Atarés vio ante sus ojos un soberbio palacio. En este momento Satanás dijo a don Juan:
-Ya ves de lo que soy capaz. Entrégate a mí y cuanto alcanza mi poder será tuyo. Renuncia desde ahora a ese Dios que consiente que vayas vestido como un mendigo.
Atarés comenzó a rezar el Padrenuestro, y cayó en el suelo sin sentido.
Luzbel desapareció, y cuando Juan de Atarés volvió en sí se encontró en presencia de un ángel. Inmediatamente oyó un estruendo, análogo al que escuchó cuando estaba con el caballero, y todas las piedras del suntuoso palacio se desmoronaron y cayeron al fondo de una profunda sima. Entonces el ángel le habló a Atarés y le dijo:
-Ya ves lo que queda del poderío del enemigo de Dios que ha venido a tentarte. Ahora desciende al valle, trasládate al Monte Uruel, verás otra gran cueva, en la que por voluntad de Dios, que está contigo, labrarás un altar a San Juan Bautista, a quien encomendarás tu alma.
Instantáneamente desapareció el ángel. Atarés quedó anonadado, y cuando se rehizo se encaminó hacia el valle para cumplir la orden recibida.
El penitente encontró la cueva indicada, en cuyo fondo existía una inmensa gruta capaz de albergar a cerca de quinientas personas; modeló toscamente una imagen de San Juan Bautista, que colocó en un improvisado altar, y cuando presintió que iba a morir esculpió en una piedra esta inscripción:
"Yo, Juan, primer anacoreta de este lugar, habiendo despreciado el siglo por amor de Dios fabriqué, según alcanzaron mis fuerzas, esta iglesia en honor de San Juan, y aquí reposo".

Tiempo después, unos nobles se habían construído una fortaleza en uno de los montes cercanos al lugar donde Don Juan había esculpido su epitafio. Estos nobles eran un padre y dos hijos llamados Félix y Voto. Una tarde de otoño de uno de los primeros años del siglo VIII, Voto salió de caza a caballo por los montes. Divisó un ciervo y corrió tras él. El ciervo, en la huída, cayó a un abismo. Voto llevaba el caballo desenfrenado, creyó que iba a correr la misma suerte del ciervo y se encomendó a San Juan Bautista. Entonces el caballo se paró en seco, con las patas traseras en el mismo borde del precipicio. Voto se apeó, clavó sus rodillas en el suelo y dio gracias a Dios por haberle salvado de caer en el abismo.
Quiso entonces ver el lugar donde había caído el ciervo; descendió por zarzas, matorrales y pedruscos y llegó al umbral de una cueva. Entró en ella y se llenó de asombro al contemplar el cadáver de un ermitaño con la cabeza apoyada sobre una piedra en la que aparecía la inscripción antes citada.
El noble Voto se puso en oración, dio sepultura al cadáver, salió de la cueva, montó a caballo y se volvió al monte donde le esperaba con impaciencia su hermano Félix.
Después de contarle todo lo que había ocurrido le comunicó su decisión de ceder a los pobres sus cuantiosos bienes y retirarse a la cueva de Atarés para consagrarse a la oración y a la penitencia. De tal manera se conmovió su hermano Félix, que dijo que él se marchaba también. En efecto, ambos se instalaron en la cueva de Uruel y allí vivieron apartados del mundo y de los hombres. Pocos años después se les agregaron otros dos anacoretas de Zaragoza, llamados Benedicto o Benito y Marcelo.
Un buen día, entre los años 716 y 724, vieron con gran sorpresa que unos 300 cristianos entraban en la cueva para ponerse bajo el amparo de los cuatro cenobitas Voto, Félix, Benedicto y Marcelo, porque iban huyendo de una nueva invasión de los musulmanes. Celebraron durante varios días ayunos, oraciones, vigilias y penitencias con ánimo de implorar el auxilio divino y después, por consejo de los ermitaños, se acordó hacer frente a los enemigos y organizar una monarquía. En aquella inmensa gruta quedó proclamado primer rey de Sobrarbe don García Jiménez, señor de Amezcoa y Abárzuza. Marcharon todos los guerreros en tropel bajo el mando de don García y conquistaron la población de Aínsa, que quedó designada como capital del nuevo reino.
García Jiménez mandó construir en la cueva una iglesia en 732, y fundó un monasterio para monjes de San Benito.

Relieve sobre Juan de atarés.