OKUN ARO


Cuando Olofi, el Creador de Todo lo que Vive y Muere, hizo a Okún, el Mar Infinito, no sabía qué color darle. Buscó y buscó, mas éste no quiso dibujarse en su mente.
Ya todo estaba pintado: el cielo, la tierra, los árboles, las nubes. Los colores del mundo resplandecían vivamente. Sólo Okún permanecía transparente y apagado.
Cada mañana Olofi lo escuchaba preguntarle:
-Babá, ¿ya sabes cómo dibujar mis olas? ¿Ya tienes un color para mí?
-Todavía no, hijo mío, todavía no -le respondía el Creador apenado.
Debido a tanta espera, Okún vivía atormentado. Sus aguas descoloridas lo hacían sufrir amargamente. Se volvió agrio, hiriente. Si alguien se le acercaba, gruñía y se llevaba sus mareas más allá del horizonte, alejándose lo más posible de todos.
Un día, Otenagua Oré, el Cielo, al verlo tan irascible y desconsolado, quiso ayudarlo. Pero, aunque le enviaba mensajes de amistad a través de la lluvia, las estrellas y los remolinos del viento, no consiguió atraer la atención del entristecido mar.
"¡Tengo que encontrar un color rápido! ¡No puedo esperar más por Olofi !" -se decía Okún obsesionado, vagando de un lugar a otro, sin permitir que nadie entrara en sus dominios oceánicos.
Un día no pudo resistirse y, envidioso del colorido de la tierra y de todo lo que la habitaba, entró en ella tempestuosamente, arrasando con lo que encontraba a su paso.
Al enterarse Olofi pasó de la pena a la cólera y quiso destruirlo de inmediato.
-No lo castigue, Babá, le hablaré, lo calmaré. -intervino Otenagua Oré, el Cielo. 
-¡Que se retire enseguida o lo haré desaparecer! -bramó el Creador.
Velozmente, el Cielo se dejó caer con sus nubes hasta quedar flotando
sobre el inmenso Okún, pero antes de que pudiera hablarle, éste, deslumbrado con tanto azul hermoso sobre él, hizo que subiera su oleaje y lo hundió bajo sus aguas.
Al instante, toda la creación oscureció. Sin la luz del firmamento y sus astros, el mundo se sumergió en las tinieblas.
Ni el propio Olofi allá, en su lejano palacio de espuma y cristal, podía observar sus manos.
Okún, sin embargo, estaba radiante. Feliz de ya tener un color, inventaba pequeños remolinos y ondulantes marejadas sólo para disfrutar de los extraños dibujos que adornaban su piel. 
Pasaron muchos días. Días negros como las noches del principio de los tiempos. Días sin luz, donde sólo la oscuridad más absoluta era la reina de todos los lugares de la Tierra.
Otenagua Oré, cautivo, no hacía más que tiritar de frío, posado sobre el fondo marino. Había intentando escapar a lo alto, pero el peso del agua no lo dejaba levantar el vuelo.
Cielo extrañaba la inmensidad cósmica, la libertad de las nubes, las alas de los pájaros cruzando el aire. De continuar allí, sumido en la humedad y el encierro, desaparecería para siempre.
Okún, mirándolo, comprendió que podía morir en cualquier momento. Al verlo en tan mal estado, reconoció que había sido injusto y cruel.
Era cierto que lo fascinaba aquel color increíblemente azul y que lo hubiera dado todo porque fuera suyo eternamente. Pero sabía que era difícil alcanzar la paz arrebatando y poseyendo lo ajeno. Por esa razón, decidió dejarlo libre.
Poco a poco separó sus aguas y, desde lo más remoto de su profundidad, emergió el maltrecho Otenagua Oré. 
Ya libre, Cielo se recuperó rápidamente. La brisa comenzó a correr suave, olorosa aún a corales y a delfines. El sol, con débiles rayos, iluminaba cada rincón de la Creación. Incluso a Olofi, el Creador de Todo lo que Vive y Muere, le pareció despertar de un largo y perturbado sueño.
Todo anunciaba que la paz y la armonía reinarían otra vez en el Universo.
El Mar, arrepentido, pidió perdón por sus actos disparatados y Otenagua Oré, todavía bondadoso, le dijo:
-Mientras yo sea azul, tú lo serás. También, al igual que yo, serás gris cuando llueva, dorado en los crepúsculos y oscuro en las noches -acto seguido, Cielo unió algunas nubes más altas y las exprimió. 
Las gotas cayeron sobre Okún, tiñéndole de un índigo maravilloso. Luego, ambos amigos se fundieron en un mismo horizonte y nació un puente de luz entre los dos: Ochumaré, el arco iris, cuya belleza sorprendió tanto al Creador que ni siquiera pensó en castigar a Okún por sus artimañas sino que, a partir de ese momento, le llamó Okún Aró, que significa Mar Azul.
Aún hoy, Olofi se pregunta cómo, tan distantes uno del otro, Cielo y Mar, lograron imaginar algo tan asombroso.