El muerto que mató al vivo


Había dos buenos amigos en La Gomera que se trataban como hermanos. Uno de ellos comenzó a envidiar al otro por motivos amorosos, de tal manera que su corazón se fue endureciendo, al tiempo que alimentaba un odio feroz contra su inocente amigo.

 Un día, al oscurecer, se encontraron ambos, casualmente, en un sendero que atravesaba las montañas. El celoso tuvo un arrebato de ira y, como una fiera asesina, se abalanzó sobre el otro, matándolo.

 Después de este horroroso suceso, el homicida se marchó a América. Pasó años emigrando e hizo alguna fortuna, suficiente para volver a la isla, como otros muchos. A los pocos días de regresar salió al campo, recorriendo los caminos por donde, en otra época, iba a trabajar cada día.

 El diablo, o su conciencia, lo llevó hasta el lugar donde había matado a su amigo y vio que que allí continuaban los huesos blancos del muerto.

 Esta visión no le produjo remordimientos, sino que, al contrario, en su pecho volvió al despertarse la ira. Empuñó con fuerzas la vara de pastor y comenzó a apalear las descarnadas costillas. El extremo del palo se clavó entre dos piedras y el hombre tiró con violencia para desclavarlo. ¡Tan furioso estaba que la punta de acero que tenía entre las manos se clavó en su corazón, quitándole la vida!

 Ese lugar, en las cumbres de Hermigua, se conoce aún por "Donde el Muerto Mató al Vivo" y los más viejos del lugar siguen contando a sus nietos esta historia en voz muy baja.