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Hace muchísimos años, más de quince siglos según
dicen los que saben, vivía en la meseta colombiana el pueblo chibcha. Era
una tierra pródiga, que daba dos cosechas al año y sin mucho esfuerzo
todos prosperaban. Tanto y tanto crecieron los chibchas, que pronto se
olvidaron de sus dioses, peleaban entre ellos, sólo se ocupaban de
placeres y eran muy pocos los que ya seguían trabajando. Chía, la diosa
de la noche, pidió un fuerte escarmiento para ellos, pero Suá, el Sol, y
Bachué, la Naturaleza, decidieron darles otra oportunidad. Pensaron y
pensaron entre los tres y resolvieron que lo mejor sería encarnar parte
de la deidad en vientre humano. Fue así que soplaron sobre la Tierra y
engendraron en una mujer pura y hermosa, esposa de un artesano. Ese soplo
divino fructificó al matrimonio y de él nació un niño al que llamaron
Bochica, hijo del Cielo.
El chico creció sano de cuerpo y espíritu y pronto
deslumbró por su inteligencia. Su juicio era tan certero, sus palabras
tan sabias, que los ancianos y los sacerdotes de la tribu se reunían para
examinar sus conocimientos.
Fue así como lo admitieron en la casta poderosa, aún
siendo él de humilde origen. Lo instruyeron en conocimientos secretos y
saberes prodigiosos. Bochica crecía haciendo el bien. Aconsejaba sobre
cosechas, ayudaba a leer en el cielo las señales del tiempo, predecía
los acontecimientos y pronto empezó a hacer curas extraordinarias.
Los milagros se sucedieron y la fama de Bochica llegó
hastalos confines más
alejados del imperio chibcha. Fue llamado a Bataca, la capital del reino.
Allí prosiguió su obra. Bochica había comprendido el origen de sus
extraordinarias facultades y había decidido que su paso por la tierra era
para hacer el bien.
Desde Bacata, la capital, con el apoyo del rey, pudo
fortalecer su obra. Predicaba la justicia, la bondad entre sus semejantes,
les enseñó el arte de la alfarería, del tejido, cómo aprovechar los ríos,
cómo cuidar el medio en el que vivían. Les dio códigos de respeto, de
convivencia y les enseñó a amar los dioses.
Por consejo de Bochica, el rey Zippa hizo construir
numerosos y bellos templos en honor a las tres deidades y el pueblo acudía
a ellos para elevar sus oraciones.
El pueblo chibcha había vuelto a respetarse a sí
mismo y sus riquezas eran el producto de un trabajo sano y continuado.
Cuando su religión pareció sólidamente
restablecida, Bochica desapareció repentinamente.
Pero no había pasado mucho tiempo, cuando el pueblo
volvió a sus desmanes. Las costumbres se pervirtieron, el poder que habían
alcanzado lo usaron para el mal, esclavizaron otros pueblos y se
entregaron a la lujuria.
Entonces sí, la ira tremenda de Bachué, Sua y Chía
se hizo sentir. Primero enviaron una sequía tremenda. Los cultivos se
agotaron, los ríos dejaron de correr, los cielos incandescentes se
olvidaron de llover.
Y luego vino la tremenda inundación. Llovió y llovió
sin dar cuartel. Los arroyuelos más pequeños se transformaron en
caudalosas venas líquidas, los ríos se desbordaron arrasando todo, hasta
los dos océanos que acariciaban la región, se hincharon y subieron hacia
la tierra.
Todo, todo se inundó. Habían aparecido y
desaparecido miles de lunas desde que Bochica se había ido, pero aún
perduraba su recuerdo entre los pocos sobrevivientes del diluvio. Y a ese
recuerdo se aferraron en sus oraciones los que quedaron del gran imperio
chibcha.
Cuando las aguas bajaron y al fin se retiraron
dejando sólo fango y desolación, los sobrevivientes se agruparon,
tratando de reunir animales y pertenencias. . . y un día vieron llegar de
entre la bruma que se levantaba al amanecer, un anciano de larga barba que
caminaba ayudándose con un báculo. Hasta acá, más o menos, la versión
que me trasmitieron, pero me aparto de ésta para tomar otras versiones escuchadas.
Bochica llegó caminando entre la bruma, y fue
reconocido aún sin presentarse:
Y así habló:-Soy Bochica, por el que habéis
pedido a los dioses. He vuelto para ayudaros, ¿qué necesitáis primero?
-El fuego, respondieron todos al mismo tiempo. El
fuego que seque nuestras ropas, el fuego que cocine nuestros alimentos, el
fuego que nos caliente en las noches, el fuego que nos reúna, el fuego
que aleje a las alimañas, el fuego que avise al extraviado que ya está
cerca del hogar. Todo está tan mojado que no podemos encenderlo.
Bochica los escuchó en silencio. Con su báculo
golpeó tres veces el suelo y de las ramas apiladas surgió,
chisporroteante, la primera llama.
Y todo fue mejorando de la mano de Bochica. El mesías
volvió a recorrer el reino, a enseñar a cuidar los campos, a amarse
entre todos, a administrar justicia, a ser solidarios y caritativos.
Pero esta vez les avisó: si caían nuevamente en la
perversión de sus costumbres otro azote definitivo los arrasaría.
Y Bochica ya no se fue. Él mismo deseó quedarse en
esa tierra maravillosamente reverdecida. Cuando sintió que su tiempo
tocaba a su fin, le pidió a sus padres estelares que le devolvieran su
forma mortal. Marchó hacia un pequeña elevación montañosa y entró a
una galería del cerro Muza y se preparó para morir.
Los chibchas, avisados de sus deseos, respetaron la
decisión del anciano. Entonaron tristes letanías, espolvorearon sus
cabellos con ceniza en señal de duelo y apagaron los fuegos de las
aldeas.
Cuando Bochica murió, sellaron la entrada a la galería
y convirtieron el monte en santuario.
Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando
ocurrió un hecho increíble: el sitio del enterratorio comenzó a
destellar con un brillo profundo como el del fuego que Bochica había
entregado a los hombres, después del diluvio.
Las piedras brillaban como si fuesen de fuego, pero
no eran rojas, eran verdes como la floresta, verdes como la selva, verdes
como el agua profunda de la laguna.
Y los indígenas comprendieron que era el alma pura y
sabia de Bochica la que irradiaba desde el monte. Se había cumplido otro milagro: había nacido una gema
desconocida hasta entonces: la tumba del mesías se había transformado en
un inmenso depósito de
esmeraldas.
Era el Fuego Verde que ya no se apagaría jamás.
Graciela Pacheco de
Balbastro -Además de integrante del portal grupobuho- Reside en la ciudad de
Santa Fe. Es autora de Floresta Nueva de Leyendas Viejas, Edit. El Ateneo;
de Las piedras vienen contando... Edit Alsina, El libre Albedrío de
Melibea, Premio Edición del Inst. de Cultura Hisp. Cuentos de su autoría
los ha publicado la Edit. Edebé y muchos otros publicados en varias
antologías. Las piedras vienen contando... ha sido traducido al bengalí
y publicado en la India, en la actualidad lo utilizan escuelas de ese país.
La versión en español se encuentra también como e-Book en www.libronauta.com
y en www.ebooksonthe.net.
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