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Corría rápido hacia su final el
siglo XIX. Y venciendo al tiempo los misioneros bregaban por dejar
terminada la iglesia para el pueblo de San Javier, en la provincia de
Santa Fe.
El
Padre Hermete se pasea ese día más preocupado que de costumbre. Ha
logrado vencer obstáculo tras obstáculo en su tarea de Superior de la
Misión, pero ahora se le presenta un problema insoluble.
Camina
con las manos apretadas a la espalda. . . camina sobre la calle arenosa, y
sin darse cuenta sus pasos lo llevan hasta la ribera del Quiloazas. El río
está picado, el lomo hinchado y las aguas encabritadas por la creciente
inminente. Ya las plantas acuáticas se han desprendido de su tranquila
linfa habitual y pasan flotando delante de Hermete, que murmura para sí:
_ La creciente ya está aquí, Dios quiera que nos respete el pueblo.
Recuerda otros años y piensa casi con enojo: ¡creciente dañina!, pero
se arrepiente enseguida.
No se
permite más recreos el padre Hermete y regresa presuroso a la obra
querida, que es motivo de su actual preocupación: la iglesia.
Ve el
edificio casi terminado, a punto de finalizar si no fuera....
si no fuera porque en toda la zona no crecen árboles tan altos que
puedan darles la madera para las vigas del techo. Y el problema es aún
mayor: también carecen de la
madera necesaria para los tirantes, para las ventanas, para la puerta que
se promete inmensa.
El
Padre Rossi sale a su
encuentro. Entre ambos hay una estrecha relación de equipo. Han puesto en
el templo muchas energías, mucho esfuerzo. . . han trabajado de
catequistas, maestros, albañiles, agrónomos y ahora necesitan que la
madera llegue hasta San Javier para que todo lo hecho no se pierda. Pero
no hay árboles que la puedan brindar. Se miran y se entienden. Ambos
murmuran: confiemos en la Providencia.
Pero
saben que con la creciente que se avecina, todo se hará más difícil: se
cortarán caminos, se obstruirán sendas y aún consiguiendo la madera, no
se la podrá traer hasta San Javier.
Esa
noche llovió, parecía que se hubiesen abierto compuertas en el cielo,
pues el agua caía a raudales, como si se fuesen a agotar las lluvias del
planeta. Por la mañana, una de las primeras en salir fue doña Chiche,
voceando sus ¡¡¡tooooooorta friiiiiiiiiiiiiiiita!, pero cuando se acercó
a las casuchas cercanas al río, su pregón enmudeció, su boca pareció
robarle toda la cara cuando se abrió en el grito al marido ¡¡¡¡¡Manuel!!!!!!!!!!,
y Manuel, Manuel siguió gritando hasta llegar a su casa.
Ambos
fueron golpeando puerta tras puerta, levantando a los vecinos, buscando a
los sacerdotes. Cuando todos se reunieron en la costa, comprendieron la
urgencia: la creciente, furiosa con tanta agua caída, había aumentado su
caudal y había acarreado, quien sabe desde dónde, un árbol inmenso, un
árbol tan pero tan grande que su tronco oscurecía la isleta
vecina. Sin medir consecuencias, los hombres se arrojaron al río. Se los
veía desaparecer entre las aguas turbulentas para volver a emerger, apenas un poquito más cerca de la isleta,
mientras el tronco iba destrabándose de a poco. Si el gigante recuperaba
su libertad antes de que todos los hombres llegaran, tanta madera, tanto
sacrificio se perdería.
Pero
no, la resaca de la costa no dejaba escapar su presa, así que cuando los
vecinos llegaron, algunos
destrabaron al gigante, otros se montaron al árbol para guiarlo y los más
jalaban y empujaban, nadando como podían, rescatándose mutuamente de la
furia del agua. Nadie supo bien cómo hizo el pueblo para llevar hasta la
costa ese espléndido ejemplar. Nadie supo tampoco explicar cómo, después de aserrarlo para obtener todas las vigas y tirantes, y
dejando la madera sobrante en el cobertizo, a la mañana cuando regresaron
quedaba tanta madera como para hacer la inmensa puerta de entrada.
Y
menos aún me pudieron explicar cómo después de extraer madera para las
inmensas vigas, para los generosos tirantes, para la gran puerta, aún
tuvieron madera para hacer algunos muebles, también las ventanas y aún
les sobró para las puertas de la casa y de la escuela. Tal vez la
creciente había acarreado el Árbol del Milagro. ¿Quién sabe?
Datos
encontrados en la Historia de San Javier, de Luis Sartor (Edición del
autor)
Graciela Pacheco de
Balbastro -Además de integrante del portal grupobuho- Reside en la ciudad de
Santa Fe. Es autora de Floresta Nueva de Leyendas Viejas, Edit. El Ateneo;
de Las piedras vienen contando... Edit Alsina, El libre Albedrío de
Melibea, Premio Edición del Inst. de Cultura Hisp. Cuentos de su autoría
los ha publicado la Edit. Edebé y muchos otros publicados en varias
antologías. Las piedras vienen contando... ha sido traducido al bengalí
y publicado en la India, en la actualidad lo utilizan escuelas de ese país.
La versión en español se encuentra también como e-Book en www.libronauta.com
y en www.ebooksonthe.net.
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