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Con Ajuani el Pájaro sucedía algo maravilloso. Cuando se sentía feliz, cantaba. Y cada vez que cantaba, sus plumas resplandecían vivamente. Y como Ajuani siempre estaba dichoso, se parecía mucho más al sol que a sus hermanos.
Además, su canto era prodigioso. Hasta el mismo Olofi, al escucharlo, dejaba a medias lo que aún faltaba por inventar y se recostaba a Oké la Montaña, para disfrutar mejor del hermoso canto.
No obstante tener una voz casi perfecta, Ajuani el Pájaro no lograba volar.
Mientras las otras aves se remontaban al infinito, él ni a una rama podía subirse.
Todos se burlaban de sus alas contrahechas, de su pico corto y débil y de su cuerpo tan pequeño. Pero también, en secreto, le envidiaban su manera de cantar.
Una mañana de mucho sol, los pájaros se reunieron en la encrucijada del gran algarrobo.
-¡Hermanos, hoy estamos en este bello lugar, para aclarar un asunto que nos tiene preocupados a todos! -principió un buitre de aspecto siniestro.
Un murmullo de aprobación recorrió las ramas atestadas del árbol. El buitre sonrió ligeramente y luego de picotear un retoño cercano, prosiguió:
-¡Ya es hora de que se conozca que cualquiera de nosotros puede cantar mucho mejor que ese pajarraco defectuoso!
-¡Así se habla! -exclamó un loro cabezón.
-¡Bravo!¡Bravísimo! -chillaron a coro unas urracas viejas.
-Aquí está el hermano sinsonte -volvió a tomar la palabra el buitre-, Pidámosle que nos cante algo.
Entre aletazos de júbilo, el pájaro se adelantó unos pasos y probó a cantar.
Su voz tenía timbres agradables, pero ni remotamente podía compararse con la de Ajuani.
-Es que hace tiempo no practico mis agudos -mintió el Sinsonte.
-No importa, querido hermano, la intención es lo que vale -dijo el buitre con hipocresía.
-¡Ahora cantaré yo! -aseguró el ruiseñor.
-¡Y después nosotras! ¡También queremos cantar! -alborotaron las urracas.
-Hagan silencio, señoras, ¡por favor! -pidió el maestro de ceremonia.
-¡Ejem, ejem! -limpió su garganta el ruiseñor y avanzó con gran porte. Acto seguido, comenzó su canción. Mas, en vez de quedar maravillados, los pájaros se durmieron.
Luego le tocó el turno a la paloma, a la cigüeña, al pavo real, a la codorniz y al pájaro carpintero. También lo intentaron la grulla, el tocororo, el totí y la tiñosa. Todos quedaron sin resuello, con las gargantas adoloridas y secas.
En eso, se escuchó un hermoso canto.
-¿Quién canta? ¿Dónde está? -abrió su cola el pavo real.
-¡Qué voz tan maravillosa! -dijo el halcón buscando a lo lejos.
-¡Es linda, muy linda! -coraron nuevamente las urracas.
-¡Callen de una vez! ¡Quiero escuchar!
-¡Silencio, por favor!
-¡Shhhh!
El canto arrulló las ramas del algarrobo y los pájaros se estremecieron. Durante largos minutos permanecieron inmóviles, extasiados ante la bella melodía.
Posado sobre la raíz saliente del árbol, Ajuani cantaba entre sus alitas luminosas.
-No las entiendo -dijo luego de un rato-. Ustedes ya son maravillosas, ¿para qué necesitan cantar como yo?
-¿Cantar como tú? ¿Estás loco? -mintió la paloma.
-¡No seas pretencioso, no queremos parecernos a ti! -masculló el avestruz antes de meter su cabeza en un hueco.
-¡Podemos viajar adónde queramos y tú no! -la cigüeña batió sus grandes alas.
-¡Vemos paisajes que ni te imaginas! -aseguró una gaviota de cabeza blanca como la nieve.
-¡Te pareces más a una gallina que a nosotros! -se burló el loro.
Los pájaros rieron ruidosamente. Sin inmutarse, Ajuani aguardó a que hicieran silencio, luego les contestó:
-No necesito tener sus grandes alas. Cuando canto, viajo mucho más lejos que ustedes, y tan rápido que no pueden alcanzarme. Tampoco quiero sus garras. Mi voz me protege de las fieras y acompaña a los amigos. Tengo lo que quiero para vivir tranquilamente. Por eso soy feliz. Si le pidiera algo más a Olofi, sería un malagradecido.
Y sin decir más, se alejó pasito a pasito, cantando alegremente.
-Puede que tenga razón -dijo pensativa la lechuza-. No cantamos, pero tenemos cosas muy buenas.
Sin embargo, las demás aves no quisieron escucharla. Se sentían burladas.
No podían entender por qué, siendo tan diferente, Ajuani estaba contento.
Entonces ocurrió lo que siempre ocurre cuando un malvado no tiene la razón: inventaron un motivo para vengarse.
El buitre susurró algo al oído de la codorniz y ésta, alzando un ala, pidió la palabra.
-¡Señores, señoras, señoritas! La cuestión es bastante simple -dijo imitando la postura del buitre-. No cabe duda de que nuestro hermano tiene un tesoro.
-¿Un tesoro? ¿Cómo, cuándo, dónde lo esconde? -vociferaron las urracas.
-¡No puede ser! ¿Un tesoro?
-¡Oro, oro! ¡Encontró un saco de oro!
-¡Tiene que compartirlo, es de todos!
La lechuza se acercó a la codorniz y mirándola fijamente, le preguntó:
-¿Y por qué afirma usted semejante casa, señora? ¿Acaso vio a Ajuani con su tesoro?
-¡Ay, yo no sé! ¡Es que se pasa el día canta que te canta y tanto canturreo segurito tiene que ver con un tesoro!- respondió la codorniz nerviosa y voló a una rama alejada.
-¡No diga tonterías! -protestó la lechuza.
Un gran revuelo se extendió por la encrucijada.
-Entonces, ¿por qué sus alas brillan de manera tan rara?
-¿Será que ahí es donde esconde su tesoro?
-¡Claro, por eso no quiere volar!
-¡oro, oro! ¡El monstruo tiene nuestro oro! -escandalizaron las urracas echándose a volar-. ¡Por eso sus alas brillan! ¡Por eso sonríe en sueños! ¡Por eso canta el día entero!
La lechuza no podía creer lo que oía.
-¡Es ridículo! -exclamó sobrevolando la copa del algarrobo-. ¡Canta porque está contento con la vida! ¡Ése es su verdadero tesoro, entiéndanlo de una vez!
-¡Cuentos de caminos, señora lechuza! -intervino el cuervo con malas pulgas-. Uno sólo puede ser feliz cuando tiene montones de oro que lo protegen.
-¡Qué cosa tan estúpida!
-¡No me falte el respeto!
-¡Calma, calma! ¡Nosotros no somos los del problema, sino el monstruo de Ajuani! -terció el buitre abriendo las alas.
-¡Me voy de aquí! ¡Todos ustedes están locos! -dijo entonces la lechuza y se alejó volando hacia las nubes.
Con una extraña sonrisa, el buitre se volvió hacia los demás y preguntó:
-Por fin, ¿cómo le quitaremos nuestro oro a ese pajarraco?
A la mañana siguiente, la lechuza, muy preocupada, voló el monte de una punta a la otra, buscando a Ajuani para advertirle.
No lo encontró en parte alguna.
Sin tomar un descanso, fue hasta la Pradera de los Girasoles donde el pequeño tenía su nido. Allí tampoco estaba. Ni en el Lago Rojo, ni en las cascadas del Cerro Blanco. Presurosa, buscó a los pájaros y les preguntó si lo habían visto, pero éstos rehuían su mirada y se alejaban sin decirle una palabra.
La lechuza decidió posarse en lo alto del árbol más grande y esperar.
Pero, el pequeño pájaro no regresó.
La desconsolada amiga lloró y lloró. Sus lágrimas rodaron tierra adentro, formando un riachuelo subterráneo, en el que, años después, los hombres encontraron raras piedrecillas de oro.
Olofi, al conocer lo sucedido, lanzó a los pájaros una maldición terrible:
-¡Jamás volverán a volar hasta el infinito, y a partir de ahora serán tan pequeños como el pájaro cantor!
Aunque pidieron piedad, el Creador no los perdonó. Según dijo, los que destruyen cosas hermosas, no pueden ser perdonados.
Pasado algún tiempo intentó hacer otra ave que cantara de aquella manera.
No lo logró.
En todo el Universo no volvió a existir un pájaro tan maravilloso como
Ajuani.
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