El Pastor de la Albufera


Esta historia se originó en la Albufera Valenciana, un lugar bellísimo, inmenso cañaveral jalonado de  aves de variopintos colores y diferentes formas, donde se refleja el límpido cielo azul del Levante español. Hoy en día podemos admirar la majestuosa naturaleza que la rodea, tan hermosa que la civilización no se atrevió a invadir sus dominios.
Barraca Antiguamente, cuando los pueblos contiguos eran un grupo de barracas dispersas, la Albufera era un inmenso pantano agreste y deshabitado, donde el peligro acechaba a todo aquel que se atreviese a adentrarse en el.
Hace muchísimos años, Pepet vivía entre los cañaverales, cuidando los cerdos que le habían encomendado unos ricos hacendados de Almussafes, quienes le  habían recogido cuando su familia abandonó la región. Aún no había cumplido los diez años, cuando le enviaron a pastorear cerdos.
Así se acostumbró a convivir con los patos, las garzas y las culebras.
Pepet, invadido por la amargura y la pena, soñaba con un futuro mejor, lejos de los pantanales y de su piara de cerdos. Los días transcurrían monótonos y aburridos para Pepet; con una caña rota y una pequeña navaja, había fabricado una flauta que fue perfeccionando poco a poco hasta conseguir entonar bellas melodías. Con ella pasaba las horas muertas, más una tarde observó que entre las cañas, unas hojas se movían. Salió del agua una pequeña culebrilla que se acercó al pastor y le acompaño durante toda la serenata.
Los lazos de amistad se fueron estrechando cada vez más entre ellos y Pepet, emocionado por haber encontrado una amiga que disfrutaba y se contorneaba al ritmo de su rudimentaria flauta, decidió buscarle un nombre. Después de mucho meditar, la llamó Sancha.
Y con la compañía de la culebra, que no faltaba a la cita diaria, y de su flauta, pasaron los meses.
- ¡Sancha, Sancha! - era la llamada del muchacho a su amiga, a la que acudía presto el reptil todas las tardes.
Pero Pepet seguía imaginando un futuro mejor y la tristeza volvía a hacer mella en su ánimo.
- ¡Que vida más desgraciada la mía, que solo puedo comer mendrugos y como única compañía tengo una culebra...! - se lamentaba el muchacho.
Y con estos pensamientos, un hermoso día primaveral decidió partir a buscar fortuna. Con el paso de los años todos se olvidaron de aquel pequeño pastorcillo de cerdos dela Albufera.
Y la fortuna le sonrió lejos de aquellos agrestes parajes, convirtiéndolo en un apuesto joven que había cumplido servicio a la patria y encontrado nuevos amigos. Pero a menudo  recordaba con nostalgia a su amiga de la niñez y un día decidió volver a la Albufera para reencontrarse con su amiga Sancha y revivir viejos tiempos.
-Quien sabe si Sancha  vive aún y me recuerda... pensó
Nada más llegar, Pepet hizo sonar su flauta, de la que nunca se había separado, llamando a voces a su amiga, la culebra:
-¡Sancha, Sancha!
De pronto se agitaron violentamente las aguas de la Albufera, y de su interior una enorme serpiente, viscosa y repugnante, apareció ante él. Quiso el muchacho huir, preso del pánico, más le fue imposible porque Sancha rápidamente se había enredado en sus pies. Igual que  antaño, se enroscó en su cuerpo para darle su abrazó de bienvenida, con tanto afecto y calor que le quebró los huesos, arrebatando en pocos segundos la vida de su gran amigo, el Pastor de la Albufera.